Observable pero no verificable: regulación de la auditoría y estabilidad bancaria
Presentación
La calidad de la auditoría depende de cómo el régimen regulatorio trata esa diferencia: mucha información relevante es observable para gestores y auditores sin ser verificable ante tribunales, inspectores o supervisores.
Un auditor bancario suele ver que los criterios de concesión de crédito se relajan, con cláusulas más laxas, más excepciones y presión por cerrar volumen, mucho antes de que el deterioro aflore en los impagos o en los precios que un tercero puede verificar. Lo mismo ocurre con las señales sobre fragilidad del modelo de negocio, liquidez, credibilidad de los gestores o debilidad de los controles: emergen antes de resultar demostrables. El supervisor bancario también observa buena parte de esas señales mediante sus inspecciones; el problema no es quién las detecta antes, sino que las cuentas publicadas, que son las que coordinan a depositantes, contrapartes y mercados, sólo recogen lo verificable.
El problema se ha agravado porque la contabilidad y su vigilancia se mueven en direcciones opuestas. Las normas contables exigen cada vez más predicciones, como las pérdidas crediticias esperadas o los valores razonables. La disciplina del auditor, en cambio, descansa cada vez más en inspecciones y responsabilidad basadas en documentación verificable a posteriori. El resultado es una auditoría defensiva: crece el cumplimiento formal mientras cae el contenido informativo de las cuentas auditadas.
En la banca ese sesgo deja de ser un defecto de cada encargo y se vuelve sistémico. Cuando los auditores de todas las entidades esperan a los mismos desencadenantes verificables, el deterioro disperso y específico de cada banco queda filtrado y su reconocimiento se sincroniza. Los ajustes que habrían sido graduales y escalonados se convierten en una perturbación común y abrupta. El trabajo subraya que el contraste relevante no es entre reconocer algo pronto o tarde, sino en hacerlo de forma gradual o abrupta: buena parte de la prociclicidad atribuida a la contabilidad de pérdidas esperadas es la prociclicidad de esperar a la evidencia verificable, que no sólo llega tarde, sino que suele llegar para todas las entidades a la vez.
La implicación regulatoria no aconseja convertir a los auditores en supervisores ni pedirles que garanticen la solvencia. Más bien, apunta a diseñar mejores normas y sistemas de responsabilidad, inspección y comunicación con supervisores, de modo que se proteja, en vez de gravar, el juicio profesional sobre la información observable antes de ser verificable. Fuera de la banca, donde no existe un supervisor que reciba esa información, los cauces son el informe ampliado del auditor, que puede exponer juicios, hipótesis y sensibilidades sin afirmar lo indemostrable, y la comunicación confidencial con la comisión de auditoría. En la banca, el trabajo no propone crear ninguna ventanilla nueva ni un régimen de denuncias: los canales confidenciales entre auditor y supervisor existen desde hace años en la normativa europea y española. El Reglamento europeo de auditoría obliga a los auditores de bancos a comunicar al supervisor los hechos relevantes que detecten; en España ese deber figura en la Ley de Auditoría, y los auditores de entidades de crédito elaboran además, a petición del Banco de España, un informe complementario al de auditoría conforme a una norma técnica pactada entre el supervisor y la profesión, complementado con las reuniones periódicas previstas en las directrices europeas. La propuesta es que ese diálogo ya previsto, rutinario, bidireccional y confidencial, e igual para todos los bancos y sus auditores, resulte más útil. Esa información no puede sustentar una opinión de auditoría ni un expediente de inspección, pero sí una conversación bilateral en la que nada debe probarse y nada se publica. Para ello, el canal debe exigir poca documentación, pues minutarlo todo reproduce la dinámica defensiva que pretende evitar, y debe ser informativo, no directivo: el supervisor que dicta al auditor qué verificar destruye el juicio independiente que hacía valiosa la conversación.