Asturias está en un proceso lento, doloroso y difícilmente reversible

El Comercio, 22 de diciembre de 2025

El economista asturiano acaba de publicar La culpa es nuestra, un ensayo donde reflexiona sobre la importancia de las decisiones que tomamos como sociedad

Catedrático de Organización de Empresas en la Universidad Pompeu Fabra tras graduarse y doctorarse por la Universidad de Oviedo, el economista Benito Arruñada (Vegadeo, 1958) ha presentado sus investigaciones en foros académicos tan destacados como las universidades de Berkeley y Harvard, el MIT, el Consejo de Estado de Francia, la Fundación Alternativas o FAES y ha asesorado a organismos internacionales como la Comisión Europea, el BID o el Banco Mundial. Acaba de publicar La culpa es nuestra, un ensayo donde reflexiona y aporta claves para entender cómo las decisiones colectivas llegan a condicionar el sistema en que vivimos.

–¿Por qué cree que ‘La culpa es nuestra’?

–Estuve jugando mucho tiempo con el título y la alternativa era ‘España, una responsabilidad compartida’, que es la intención que está detrás del título actual. Todos somos responsables de lo que está sucediendo. Solemos decir que las élites son unas aprovechadas, pero nosotros, si tenemos la oportunidad de pagar sin IVA, lo hacemos. Yo creo que saldríamos todos ganando si reconociéramos que lo que pasa es cosa de todos. También se suele caer en pensar que los que tienen que mejorar son los demás, y los demás son, para los de derechas, los de izquierdas; y, para los de izquierdas, los de derechas.

–¿Cree que esta forma de pensar es cultural, está arraigada en la cultura española?

–Está muy arraigada en la cultura porque somos unos golfos. Porque, para darse cuenta de estas cosas, no hace falta más que pensar dos minutos. Molestarse en pensar y en enterarse. Y, si nos enteramos, pues empezamos a pensar de otra manera. Pero es muy cómodo votar por imitación y por tribalismo en lugar de pararse a pensar. Yo lo que hago es reflexionar sobre la comodidad que nos lleva a no enterarnos de las cosas públicas, a votar por expresarnos o como votan nuestros amigos.

–¿Falta conciencia a la hora de votar?

–Lo que nos dicen las encuestas es que en España se vota por afinidad. Se vota, en el fondo, por factores emocionales, y es lógico que tengamos políticos peores, porque se valora menos la competencia. Por un lado, queremos un Estado que lo haga todo, pero, por otro, elegimos gente muy mala para gobernarlo. La solución tiene que ser automática. Deberíamos buscar fórmulas que eduquen al ciudadano, aunque el ciudadano no quiera educarse.

–¿Qué papel cree que tienen los medios de comunicación en esa educación?

–Bueno, alguno tienen, pero cada vez menos, porque la influencia de los medios ha caído. Hoy tienen más las redes sociales. Pero en las redes predomina el rumor, lo emocional, se lleva todo muy lejos de lo racional y se hace más primitivo.

–¿Y cómo se puede combatir todo esto?

–Un primer paso sería que tuviéramos más conciencia sobre impuestos. Lo público se financia con impuestos que se pagan ahora o, si hay déficit con endeudamiento, con los del futuro. Estamos viviendo en un sistema que constantemente tiene déficits estructurales para pagar, ahora mismo, las pensiones y los sueldos de los funcionarios, esencialmente. Porque, además, la inversión pública es mínima: alrededor del 2%, cuando en China anda por el 7 u 8% y en Suecia, por el 4%. Una de las soluciones más obvias sería hacer que la financiación pública, es decir, los impuestos, fueran más transparentes. Que nos dejáramos de memeces y engaños como llamar a los impuestos sobre el trabajo ‘Seguridad Social a cargo del empleador’. Si estuviéramos en Suiza, tendríamos que pagar todo el IRPF sin retenciones y lo pagaríamos a final de año. Creo que con ese simple cambio seríamos bastante más sensatos y exigentes como ciudadanos. Y cuando viéramos, por ejemplo, un caso de corrupción con fondos públicos, nos sentiríamos robados, que es la realidad. Habría una reacción emocional, estaríamos mucho más dispuestos a votar a alguien que nos resultara más fiable.

–¿Qué tipo de respuesta está viendo en la gente que lee su libro?

–El libro es extenso y trata muchos aspectos. Hay respuestas a puntos concretos y, después, hay respuestas sobre la tesis del título, gente que dice: «Oiga, yo no soy responsable». No es nada nuevo plantear que en una sociedad todos somos responsables. Pero, como nos hemos metido tanto dentro de esa excusa de que no lo somos, quizá hay gente a la que le cuesta un poco entenderlo. Aunque claro que lo somos: cada uno, en nuestra vida diaria, tomamos mil decisiones sobre mil cosas. Y siempre se nos plantea la cuestión de elegir entre beneficio privado versus beneficio público. No se trata de ser héroes, pero tampoco de negar la realidad.

–¿Cree que en regiones como Asturias, que tiene una realidad socioeconómica distinta a núcleos como Madrid o Barcelona, hay otras preferencias ciudadanas que influyen en las reformas políticas?

–Asturias lo que tiene es una demografía muy envejecida, muy rara, y que comporta, en el contexto en el que estamos hablando, diferencias muy notables. Porque, dada la importancia que tienen las pensiones en España y dada la población asturiana, es una región muy particular. También lo es históricamente, porque Asturias ha estado, para su desgracia, abrazada al sector público de un modo en cierta medida asfixiante. Por un lado, eso le ha resultado beneficioso, porque ha tenido históricamente mucho éxito a la hora de capturar rentas. Pero la desgracia es que, si uno se pasa décadas y décadas viviendo de rentas, acaba con una capacidad productiva muy mermada. Y acaba teniendo que hacer un ajuste a la baja monumental. Y, en buena medida, Asturias está, me temo, en ese proceso. Y es un proceso muy lento, doloroso y difícil. Y difícilmente reversible, además, porque no depende ni siquiera de sí misma.